De los mil colores que deseo ver su rostro.

De los mil colores que deseo ver su rostro.

jueves, 13 de mayo de 2010

Por un pasillo intenso camine.



4 AM, noche de verano porteña, los oscuros rostros de la madrugada rodean mi posición. Los jóvenes consumidos de pobreza merodean como zorros en el campo en busca de la presa más débil. Mi transporte camina con paso silencioso por las desoladas calles. Cansado a tal punto de dormir parado.

Agradezco a la luna que calmo el extremo agobio de verano. La noche se anuncia eterna y el descanso resumido a tan solo 60 minutos, que en ocasiones diferentes hacen eterno cada segundo. ¿A que tanto esfuerzo? Al reencuentro necesario entre ella y yo. De tan solo la primera palabra pasaron 15 minutos, los parpados pesan, los pies duelen. Ya casi termina el recorrido, desearía pasar la posta al sueño y acabar cantando victoria.


La temperatura corporal aumenta por cada paso que doy. La lluvia amaga a darnos un respiro pero sigue riendo a nuestra ilusión de poder salir a la calle sin miedo a caer rendido al calor. La gente huye buscando refugio a tanto desborde de fuego sobre la ciudad. El sueño y el cansancio de mi cuerpo, oculto, responde a la meta que propuse a mis próximos días. La aburrida rutina de mis noches de trabajo desgasta hasta al durazno más fresco de la cosecha. Cierro mis ojos y visualizo el recorrido hasta mi descanso. Lejos de sustancias que transformaban mis tardes de agobio en una realidad relajada.

Intento caminar por el sendero que marque a mi meta, un par de obstáculos se presentan, y sigo de pie. Asqueado de la reiterada espera a mi paz nocturna.

Omitiendo mis verdaderas ganas de no escuchar peros ni reproches. Sin anestesia para mis palabras a punta de aguja. Sentenciando la amistad con el sexo opuesto a cadena perpetua por el bienestar de mis días a tu lado.


Y otra vez me encuentro sentado en medio de la nada esperando aquel maldito colectivo que ahogado por su larga historia con la ciudad no se digna a pasar. Otra vez voy en dirección contraria. La rabia se vuelve suspiro por la impotencia de no poder mandar todo al carajo. El cansancio de asistencia perfecta se torna molesto. A la espera eterna se suma el bendito frío que destiñe cualquier sonrisa. Guardo mis quejas en un sobre ya que acá se lleva el viento malevo que vuelve más penosa mi estadía en la sala de espera.

Ya la costumbre enoja y desgasta el antiguo gusto de trabajar con gente querida. De que me sirve putear, si nadie ha de escuchar. Antojos de un abrazo calido sobre la cama. La puntualidad falto a clase como de costumbre. Me siento, me paro, camino, doy vueltas, miro, relojeo, pierdo la mirada, y vuelvo a pispiar pero no hay moros en la costa. Si me tarea tuviera buena paga estaría soñando que esto jamás paso, pero siquiera se acerca a semejante lujo. Las horas están de paro y no avanzan. (…) hasta que en el horizonte lo halle vestido de estrella sobre la carretera. Sentado miro las mismas calles que hace meses recorro.


Aquí en medio de la multitud, en medio de un maremoto de personas me vuelvo desconocido, sin nombre, ni identidad.

Oigo melodías para no aturdir mi cabeza con el caos omnipotente de la ciudad.

Sonrisas irónicas en el escenario.


Buscando metáforas en el diccionario que habita mi mente. Queriendo explayar mis ideas revueltas. Sin embargo mis palabras se vuelven reproches al tiempo desperdiciado arriba del transporte de ganado que me encuentro. Un llamado mentiroso me dio un rato mas para mí. Debería preparar mi coartada al sermón que se aproxima firme. Preso al servicio de los demás. Desvío mi preocupación para sentirme más liviano.

Humor de perros, jurisdicción ajena. I recaigo en ese suspiro alentador para disimular las pocas ganas de estar acá. Misma hora, mismas calles, misma sensación de repulsión a las horas tiradas a la basura.


En la furia y en la melancolía me encuentro. Miles de sentimientos encontrados y un solo camino. La despedida se vuelve intensa a su cercanía.

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